De la ceremonia inaugural de la Feria de San Isidro 2016

Texto publicado en Garapullos el 7 de mayo de 2016

En su ingenuidad uno pensaba que por ser la primera corrida de San Isidro y debido a la galopante lasvegasización de cualquier evento masivo iba a haber una fastuosa ceremonia de inauguración de la Feria, con La Fura del Baus haciendo el gañán y el cursi sobre el albero de Las Ventas, la momia de Arturo Fernández declamando un vibrante pregón y dos mil quinientos chinos desfilando sonrientes al ritmo del Jim Dinamita tocado por la Banda Sinfónica Municipal de Madrid pero no, no hubo nada, la Feria de San Isidro cambia menos que la Kaaba y el festejo comenzó como todas las últimas tropecientas corridas en Madrid, con el paseíllo de los tres héroes y un público esperanzado.

Luego, lo que esperábamos, tres filas más atrás unos cenutrios en traje y que venían ya tibios de la comida estuvieron la mitad de la corrida hablando a gritos del divorcio de uno de ellos, chaparrones intermitentes, un par de cervezas, los listos que al tercer tranco del toro ya saben que éste cojea de la pata trasera izquierda, pequeñas charlas con el compañero de abono sobre recuerdos de faenas gloriosas y la Cita de Milán del día 28, Luque que parece que lo intenta pero no puede, desperezarse entre toro y toro tuiteando o respondiendo a algún grupo de chat, los picadores que no dan una a derechas, planes para ir a Nimes, algún toro que sí que parecía demasiado pequeño pero que, como los jugadores del Madrid, era un atleta, y poco más, que la tormenta de verdad que se desató en el último toro hizo que al final todo se precipitara, al igual que ocurre en los telefilmes de sobremesa de Antena 3, cuando el programa informático que ha usado el guionista para construir la trama se inventa un final descabellado y abrupto para poder así cerrar la película en noventa minutos.

El final de mi película de ayer no terminó como los telefilmes de los findes, fue más como el de Cielo negro, con el trávelin del protagonista casi corriendo por la calle Narváez, empapado por el diluvio, tratando de llegar a casa para cenar algo y acostarse. El de hoy ya sé como será, que tras la de rejones he quedado para tomar unas copas, así que la noche se parecerá más a la de After Hours que a la de anoche.  Ojalá los toros sean también más divertidos.

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